Hablemos de serialización

Gracias a $root, normalmente no hay una única forma de afrontar una tarea. Eso ya lo hemos visto aquí, en posts tales como La taza de café de la vergüenza o Tres funciones de pertenencia (la fea, la guapa y la estúpida). El objetivo primordial suele ser buscar la opción que sea más sencilla de entender, o aquella que sea más mantenible (aunque normalmente sencillez y mantenibilidad van de la mano). Sin embargo, en algunas ocasiones, la solución que ha de primar por encima de todas las demás es la eficiente.

Ilustración 1, un fragmento del algoritmo de compresión LZ4

Ilustración 1, un fragmento del algoritmo de compresión LZ4

Hay escenarios en los que no podemos entregar velocidad de ejecución o tamaño en memoria a cambio de legibilidad. Un ejemplo de ello que me encanta son los algoritmos de compresión con aritmética de punteros. Que me aspen si los puedes entender al vuelo, pero seguro que funcionan a las mil maravillas.

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Qué aplicaciones llevo en mi teléfono (febrero de 2016)

Este tipo de entradas (qué llevo en mi teléfono, cuáles son las aplicaciones que uso día a día) siempre me han parecido un poco irrelevantes. La mayoría de aplicaciones que la gente usa son conocidas en mayor o menor grado, y, lo único que están diciendo en realidad, es “estas son mis necesidades y así es como las cubro”. Sin embargo, siempre me ha apetecido escribir un poco de irrelevancia. Más que por descubrir alguna aplicación a alguno de los cinco (5) lectores de este blog, por guardar una suerte de snapshot para ver en el futuro cómo han variado mis necesidades y cómo lo han reflejado mis herramientas en ese periodo de tiempo.

Así pues, sin perderme más en presentaciones, aquí dejo la lista de las aplicaciones que más uso. Algunas, todo el rato. Otras, una o dos veces al día, y las menos, de manera ocasional. Sin ningún orden concreto.

whatsapp

WhatsApp: la reina de mis aplicaciones. La que más utilizo a lo largo del día, sin lugar a dudas. Que sí, que las hay mejores. Telegram puede gustar más porque tiene GIFs, stickers, conversaciones desechables, es multiplataforma sin necesidad de que tu teléfono esté conectado, y un largo etcétera que seguro que alguno de sus defensores a ultranza (los Testigos de Telegram, como me gusta llamarlos) puede señalar. Pero al final del día la aplicación que gana es la que tiene a la gente. Ya perdí tiempo en su día intentando convencer a mis contactos habituales que se pasasen a otras aplicaciones (Line, por ejemplo, en los tiempos en los que ni si quiera había emitido sus primeros anuncios en televisión), con escaso resultado. No hay vuelta de hoja, no quiero ni perder más el tiempo predicando las bondades de algo que no me da de comer, ni tener mis conversaciones disgregadas a lo largo de dos o tres aplicaciones. ¿Todos mis amigos y familiares usan WhatsApp? Así sea.

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