El problema del listón del contenido

Yo antes tenía un blog. Lo prometo. Uno de estos blogs en los que no se habla de programación, si es que todavía queda alguno. Su contenido era una suerte de popurrí de lo que me apeteciese contar en cada momento. Una historia corta, mi opinión sobre la CocaCola Zero (y lo mucho que me disgustaba su sabor cuando llegó a nuestros supermercados), un vídeo de YouTube que me gustase… Así, el contenido era irregular en cuanto a tipo, frecuencia, y calidad. Al fin y al cabo, era el blog personal de un adolescente al que lo único que le apetecía era escribir de vez en cuando.

Y el caso es que llegué a hacer todo un hábito de ello, forzándome a escribir cada día, después de comer, con mi primer portátil, medio tumbado en el sofá antes de ponerme a estudiar o hacer los deberes. Los resultados que obtuve he de admitir que tampoco estaban del todo mal. En mi obsesión por ser leído, tenía siempre una pestaña abierta con las estadísticas del blog, y raro era el día, en los últimos meses de actividad, que no se saldaba con unas setenta y cinco visitas. Puede parecer una cantidad ridícula, pero teniendo en cuenta que la mayor parte de ellas parecían recurrentes (WordPress no me daba las herramientas para saber si realmente lo eran), te hacían sentir como que, efectivamente, una pequeña comunidad se juntaba en torno a tus palabras cada día. Era, de cierto modo, reconfortante, y animaba a seguir. También es cierto que eran los tiempos en los que Twitter seguía siendo una cosa de raros, y no había hashtags ni para las series de TV (¿alguien recuerda esa época?) Todos tus seguidores te conocían, tú conocías a todos tus seguidores, y las conversaciones en ciento cuarenta caracteres podían durar horas en un tono que oscilaba entre la cordialidad y la simpatía, sin intentar herir al otro por su ideología política, alimenticia, o sexual (de nuevo, ¿alguien recuerda esa época?)

Cuando me di cuenta de que el contenido de ese blog ya no me representaba, por cómo había evolucionado yo como persona, le di cerrojazo. No fue antes de empezar este segundo (tercero, cuarto, quinto… qué más da) blog, en realidad ambos convivieron solapados unos meses en el tiempo. Pero decidí no cometer aquí los errores que se iban arrastrando en el otro sitio. El típico borrón y cuenta nueva, aprender del pasado, ese tipo de cosas.

Por lo tanto, puse muy alto el listón del contenido que podía ser publicado en estas páginas. Cada post tenía que ser altamente profesional (bueno, lo más altamente profesional posible dentro de mis capacidades), ya que la URL lleva mi nombre y apellido, y podía ser, junto a mis repositorios públicos, una buena carta de presentación de cara a posibles empleadores. Esto ha desembocado en dos resultados.

Por un lado, estoy muy satisfecho de la calidad de los posts aquí escritos. Hablemos de serialización, de la semana pasada, repasa cosas tales como los tipos primitivos y su representación en memoria, escribir y leer directamente de streams de bytes, los mecanismos de reflexión en los lenguajes de programación, y contiene, además, tests de rendimiento bastante completos que muestran la verdad de todo lo hablado anteriormente de una forma objetiva. En La taza de café de la vergüenza refactorizo varias veces -en clave de humor- el mismo código, repasando algunos de los patrones de programación más conocidos. En Instalar módulos de Node.js en servidores offline ofrezco una guía detallada (aunque en español) de un problema que, echando un vistazo por GitHub, parece bastante común (y la mayoría de las soluciones van por el camino del dolor, en vez de señalar un procedimiento step-by-step)

Sin embargo, no estoy satisfecho con la cantidad de los posts. El haber establecido un control de calidad demasiado exigente hace que, cada vez que tengo una idea sobre un artículo, la esté sopesando durante días para, al final, descartarla con argumentos tales como “es que lo que voy a contar es muy básico”, o “es que no sé tanto sobre el tema como para escribir algo sorteando mis lagunas”.

Así que me pregunté, ¿cuál es mi inspiración para escribir? ¿Demostrar que, con apenas 22 años recién cumplidos, pretendo ser una especie de gurú del código? Pongamos los pies en el suelo. No soy ningún gurú -eso lo tenía claro-, y me quedan muchos años para poder parecerme a uno -eso ya me duele un poco más-.

Tiré mis primeras líneas de código en el instituto. Me llevaba un libro de programación en C a las clases de alternativa (la asignatura, si es que se la puede llamar así, que se imparte al mismo tiempo que Religión Católica, para aquellos que por un motivo u otro no quieren asistir a la segunda), me elaboraba mis apuntes sobre malloc y arrays (sin saber por qué narices hay que reservar memoria ni qué carajos era un puntero), y luego, en casa, seguía los ejemplos del libro. Qué satisfecho estaba con mis “Introduzca sumando a… Introduzca sumando b… la suma de a + b es…” Por desgracia (y es algo de lo que me arrepiento bastante), me aburrí pronto de no saber qué estaba haciendo exactamente, y de encontrar únicamente tutoriales en YouTube que eran exactamente igual (haz esto, pero sin explicarte por qué). Así que las siguientes líneas de código que piqué fue cuando llegué a la carrera. Y recuerdo que lo pasé especialmente mal hasta que comprendí cómo funciona el anidamiento de bucles y cómo puedo dibujar en la terminal una pirámide de números. Desde luego, no soy el más brillante de los estudiantes, pero lo suplo a base de esfuerzo.

Volviendo al tema que nos ocupa, mi inspiración para escribir es, simple y llanamente, que me gusta. Disfruto poniendo un orden a mis ideas, y me ayuda a afianzar los conocimientos que ya tenía. Si alguien me descubre algún fallo, estaré encantado de corregirlo, y, si le descubro algo nuevo a alguien que se pase por aquí, encantado de hacerlo.

Así que la conclusión de este artículo es la siguiente: no me comprometo a escribir más. Cuando se hace algo por placer, forzarlo estropea el resultado, eso lo sabemos todos. Además, hay otros factores, como la carga de obligaciones, o la pereza, que se van a terminar interponiendo en mi camino. Al fin y al cabo, esto no me da de comer. Sí me comprometo, sin embargo, a rebajar el listón en cuanto a la “calidad”. Esto, en cualquier otro sitio, podría significar que voy a empezar a escribir artículos siguiendo lo que en el argot español se denomina la ley del mínimo esfuerzo. Nada más lejos en realidad. Todo el contenido seguirá estando tan trabajado o más que hasta ahora. Con reducir la calidad digo, ni más ni menos, dejar de hacerme preguntas directas a la línea de flotación de la imagen que pretendo dar de mí mismo, y publicar aquello que me parezca interesante a mí, sea cual sea su complejidad o nivel.

¡Saludos!

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